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MAMÁS FELICES, HACEN HIJOS FELICES.
Hace
algunos años era una mamá trabajadora con dos pequeñas
hijas a cargo mío. En lo cotidiano manifestaba una seguridad
muy grande para enfrentar mi realidad. Era profesional, tenía
un trabajo propio y aunque no tenía un gran flujo de dinero,
finalmente siempre cubría los gastos de supervivencia e incluso,
en algunas ocasiones, para pasear y disfrutar. Sin embargo, con
frecuencia, en las madrugadas sentía una opresión,
un temor ante el nuevo día, que se manifestaba con pensamientos
pesimistas e inseguros. Y aún, más… esto se
traducía en advertencias temerosas a las niñas, “cuidado,
cuidado”; en ofuscaciones por sus errores, que en realidad
eran sólo sus normales comportamientos infantiles: “No
lo hagas…” “¿Por qué te ensucias...?”
Y cuando mi temor aparecía, generaba un ambiente emocional
inseguro e inestable.
Hoy con el tiempo transcurrido, logro comprender cómo en
una mujer de hoy, con un mundo abierto ante sí y competencias
para asumir su propia vida, también coexiste una mujer de
siempre, la que necesita protección y cuidado. Es una larga
historia de experiencias que se ha transmitido de generación
en generación, de mujer a mujer y combina la fuerza para
transmitir la vida con la debilidad ante el futuro, el temor a ir
adelante y enfrentar el mundo, que trae la añoranza por la
ayuda, la necesidad del apoyo, especialmente masculino y nos llena
de melancolía a la hora de enfrentar la crianza de los hijos,
o simplemente, la vida yendo adelante.
Y en algún momento de reflexión, en medio del ajetreo
y la responsabilidad… y con la sobre carga sobre mis hombros,
comprendí que mi desazón no sólo era mía,
era la de las muchas mujeres que me antecedieron; Era la tristeza,
la soledad, el maltrato que otras habían vivido y yo había
aprendido como si fuera inherente a mi condición de mujer.
Sentí que no pertenecía a mi vida, pertenecía
al pasado que heredé. Y tampoco me orientaba al futuro: me
anclaba en un sinfín de historias repetitivas y dolorosas.
Sentí el lastre que me impedía ir adelante, renovarme
y alcanzar estados mayores de alegría, de bienestar y disfrute
para compartir con mis hijas.
Independiente de lo importante de la compañía masculina,
de la pareja, o la del padre del hijo, nuestra tarea actual es enfrentar
la vida con mayor confianza, seguridad y alegría: con felicidad,
soltando cargas y liberándonos de pasados de amargura que
transmitimos a los hijos, y ser MAMÁS FELICES, que HACEN
HIJOS FELICES.
Es tu turno para traer la alegría, el gusto por vivir, la
seguridad, la paz y la tranquilidad a tu vida, y hacer que tus hijos,
puedan ser tan felices como lo anhelas.
Y este es mi mensaje para que lo logres:
Sana tu vida: comprende de dónde vienen tus tristezas, tus
angustias, tus ansiedades. Ponte en contacto con tu infancia, con
los lastres que traes de tu propia familia y despídelos.
Eres capaz de dejar atrás, lo que ya pasó. Lo que
no es tuyo, lo que no deseas legar a tus hijos.
Observa
tu lenguaje.
Fíjate bien cómo hablas, que dices a tus hijos.
> Elimina el lenguaje negativo. Las advertencias temerosas y
cámbialo por proposiciones e invitaciones.
Di por ejemplo: “Pon mucha atención, lo vas a hacer
muy bien” y no: “cuidado, lo vas a dañar”,
o… “eres un dañino”.
> Usa lenguaje de confianza que le ayude a tu hijo a aprender,
a avanzar, a confiar.
Di por ejemplo: “Tú puedes, piensa, lo lograrás”
antes que amenazar, censurar, castigar.
> Olvida las quejas, las “maldiciones” los desesperos.
Asume tu rol de adulto.
Fíjate en tu actitud para no cargar a los hijos con tus angustias,
ni tus incertidumbres. Un niño, es el niño. Tú
el adulto. Y él, por más que te ame no puede solucionar
tus problemas afectivos, laborales, tus conflictos familiares, ni
los económicos ni de salud. Quizás, una marca difícil
de dejar atrás en la vida, es el haber estado cerca de un
padre o madre que enfrentaba una gran dificultad sin hacerse cargo
de ella. El niño, en su amor, quiere ayudar, pero por su
condición, no logra la solución que desearía.
Ese sufrimiento, marca la vida. Enquista la tristeza y la desesperanza.
> No te quejes de lo tuyo, no critiques a los otros adultos alrededor
del niño, menos si es son su padre o su madre. Él
los ama, así, tal cual.
Vive con alegría día a día.
> Decreta momentos de calma y alegría en tu familia. Suspende
las órdenes, el acelere, y ríe, baila, canta con tus
hijos. Ellos no lo olvidarán jamás.
Abraza, acaricia, transmite la vida, el deseo de vivir. Sé
feliz, ello hará feliz a tu hijo.
CREDITO:
Olga Elena Betancourt M
PROYECTOS
HUMANOS
proyectoshumanos@une.net.co
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