EL BIBERÓN
UN AMIGO DE CUIDADO
El
uso del biberón en la alimentación del niño
tiene un límite de edad y exige precaución. Si se
excede con éste puede causar trastornos físicos
y emocionales al pequeño.
Imagínese esta situación: es la madrugada,
el bebé levanta la casa a gritos y una madre desesperada
se levanta, tantea el biberón, lo introduce en la boca
del niño y se entrega plácidamente de nuevo al sueño.
Talvez parezca un frasco mágico pero no lo es, más
bien, una medida que refleja la ansiedad que el llanto del niño
produce en los mayores.
Según los estudios de Psicología
infantil, hay casos extremos como el de Susana, una pequeña
de 11 años cuyos padres no entendieron la importancia de
sustituir a tiempo el biberón por alimentos sólidos.
Hoy la pequeña toma seis biberones al día y aunque
estudia con niñas de su misma edad se comporta como si
tuviera cinco años y sufre de obesidad.
Descuidos peligrosos
Existen otros peligros para el niño, como “la caries
de biberón”. Se denominan así porque aparece
cuando se asocian los azúcares que contiene éste,
la placa bacteriana, las bacterias presentes en la boca y la acidez
salivar.
En el desarrollo de maloclusiones su uso continuo puede deformar
el paladar y muchos niños desarrollan dientes salidos.
La mordida se cruza, es decir, los dientes de abajo se anteponen
a los de arriba, lo que le acarreará problemas odontológicos
posteriores.
Además, la posición horizontal en la que el bebé
toma el biberón llega a afectar el oído y ocasiona
otitis media que incluso es repetitiva. Parte del líquido
entra en contacto con el orificio donde comienza la trompa de
Eustaquio en la parte posterior de la nariz y lo irrita o pasa
al oído e impide la entrada de aire.
Como un buen compañero
El gusto por el biberón puede verse como una adicción
sicológica de cuya necesidad el niño no es consciente,
sino que ha sido entrenado para que acuda al biberón cada
vez que desee dormir o serenarse. Entran en juego dos factores:
el niño substituye el amor de la mamá por algo físico
que es el biberón, lo cual puede ser síntoma de
carencia emocional afectiva o quizá porque ella no el dedica
suficiente tiempo. El otro punto es que en la noche le cueste
trabajo dormirse y desarrolle estereotipias conciliadoras del
sueño. Estos son comportamientos repetitivos como chuparse
el dedo, cubrirse con una manta, introducir una esquina de la
almohada en su boca o abrazar un muñeco. Igual sucede con
el biberón.
Después de evaluar todas estas razones conviene preguntarse
si no es necesario medir el uso del biberón en los niños.
Tal vez sea mejor verlo como un compañero temporal y no
como un amigo inseparable.
¿Cómo
hacer para que dejen el biberón?
Cuando el niño no ha sido alimentado con leche materna,
los primeros seis meses se toma de seis a ocho biberones diarios,
es decir, uno cada tres horas o más. De los seis a los
nueve meses se le deben reducir a tres o cuatro y de los nueve
a los doce se le deben suspender.
Hay que introducir al niño gradualmente en la alimentación
familiar a partir de los seis meses. Es útil utilizar poco
a poco otros elementos como el vaso y la cuchara.
Si después del años y medio el niño aún
continua consumiendo biberón se debe tomar la decisión
de suspenderlo. Hay que hablar con él y explicarle bien
por qué no le conviene seguir utilizándolo.
Después de esto se debe escoger el biberón que más
falta le hace al niño y empezar a suspender semanalmente
uno a uno, dejando este para el final. Para llevar a cabo este
proceso con éxito se requiere que los dos padres estén
de acuerdo , trabajando en equipo con ternura y firmeza a la vez.
Ana María
Cerón Z. – Odontopediatra.
Teléfono 3139898-3136961
Revista Nuestros Hijos No. 7 - 2002.